Luces de ciudad. Llego temprano. Aparco el coche. Abro la maricona. Saco la cartera. Escojo una funda de tarjeta. Extraigo su contenido y guardo en la funda el dinero justo. Escondo la maricona bajo el sillón del conductor y salgo del coche. Lo cierro y avanzo calle abajo hasta llegar a la esquina, giro a la derecha, para entrar en la calle de los mil colores. Camino despacio, observando a cada lado, cada puerta o ventana. Atractivas, con andares sugerentes, y ropas provocantes. Te miran al pasar, también te observan. Tu eres su presa, aunque ellas también lo sean. El cazador, cazado. Te atraen con sus miradas, con sus palabras, con sus gestos, con sus sonrisas. Tantas piezas a elegir que tu cabeza se incomoda, pero al final elijes, te elijen. Entro en la caverna del amor comprado, de las caricias apagadas por bombillas moribundas. De la mano me lleva hasta el corredor del placer, donde la habitación se convierte en el palacio del pecado. Palabras orgásmicas atraviesan tu piel. Borrachera de placer consumado. Tiempo terminado. De nuevo en la calle, para recorrer el camino andado, ya nadie te observa, nadie te busca, nadie te solicita, llevas marcado en la mirada, la vergüenza del pecado.

El flaco.